Explorando conceptos bíblicos financieros
para enseñar a nuestros jóvenes
En 1994 la hermana de Marcela murió en un accidente de automóvil. Era una adolescente y una madre soltera. Murió junto a su hijito de 10 meses.
En 1995 Marcela, que ya había cumplido sus 18 años, recibió unos 15 mil dólares como resultado de un arreglo especial en el juicio a la compañía del camión que destrozó el auto de su hermana. Marcela se compró un auto importado “cero kilómetro” con ese dinero.
Menos de dos años después, Marcela fué a ver nuevamente al vendedor de autos y cambió su auto usado por otro importado “cero kilómetro”. Ahora, Marcela tiene un auto deportivo rojo importado nuevecito y una deuda de cuatro mil dólares.
¿Qué es lo que suena “raro” en esta historia verídica que acaba de leer? Dejando las consideraciones emocionales a un lado y en las manos de buenos consejeros familiares, lo más obvio es que Marcela desperdició el dinero que recibió como resultado de la muerte de su hermana.
Si esta jóven hubiera reconocido como un principio de vida el hecho de que nada nos pertenece, sino que todo lo que tenemos nos lo ha dado Dios y nuestra tarea es la de la administración de esos recursos, quizás hubiera hecho alguna otra tontería de todos modos, ¡pero no hubiera derrochado 19 mil dólares en el proceso!
Cuando padres, directores o maestros de escuela nos invitan a hablar con sus jóvenes, tratamos de concentrarnos en enseñar, por lo menos, dos principios importantes para sus vidas. A saber,
- Reconocer que Dios es dueño y nosostros somos Sus administradores.
Normalmente les pregunto qué harían si una tía rica les regalara 500 dólares para su cumpleaños y escribo lo que me digan a la izquierda de la pizarra. Las respuestas varían desde “comprar ropa, ropa, ropa…” hasta “invertirlos en un negocio para hacer más dinero”, pasando por “comprarles algo a mis padres”, “hacer una fiesta para mis amigos”, “dar el diezmo a la iglesia”, y cosas similares.
Luego, les pregunto si, de pronto, esta noche mientras están durmiendo su cuarto se iluminara con una luz resplandeciente y el angel Gabriel se les apareciera y les dijera: “Dios me ha enviado a confiar en tus manos estos 500 dólares. Tu misión es gastarlos e invertirlos de la manera en la que El mismo lo haría si viniera personalmente”.
Esta vez escribo lo que me dictan en la parte derecha del pizarrón. Las respuestas ahora son “buscar algún misionero que esté necesitando ayuda”, “comenzar un ministerio”, “ver algo que haya que arreglar en el templo”, “invertir parte del dinero para que no se acaben los fondos disponibles”…
Entonces, escribo sobre la lista de la izquierda la palabra “dueños” y sobre la lista de la derecha, la palabra “administradores”. Esa es la diferencia entre creernos “dueños” de lo que nos hemos ganado con el sudor de nuestra frente o “administradores” de las posesiones, los dones, las relaciones y el tiempo de vida que Dios confía en nuestras manos.
En Salmos 24:1 la Biblia dice claramente: “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan”. Creernos dueños de lo que tenemos es seguirle el juego al materialismo y usurpar el trono que le corresponde a Dios en nuestras vidas.
- Aprender a descernir entre necesidades, deseos y caprichos.
Necesidades:
Todos tenemos necesidades básicas y Dios construyó nuestra mente y nuestro cuerpo para ansiar satisfacer esas necesidades. Por otro lado, la misión de las oficinas de mercadeo en los medios de comunicación social es, justamente, usar la ansiedad que sentimos por satisfacer necesidades para vendernos cualquier cosa.
Es por eso que hemos aprendido a decir “necesito una computadora”, “necesito otra radio”, “necesito una cacerola más grande” o “necesito un televisor a color” cuando, en realidad, lo que estamos diciendo es que “nos gustaría” una computadora, otra radio o una cacerola más grande… pero no la necesitamos. No son parte de nuestras necesidades básicas para sobrevivir (alimento, vestimenta, salud, un techo que nos cubra, etc).
El apóstol Pablo le dice al jóven Timoteo, su amado hijo espiritual: “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:8).
Deseos:
Cuando lo que queremos comprar cae dentro de la categoría de una necesidad básica, pero es de una mayor calidad, estamos hablando de deseos. Por ejemplo: todos necesitamos comer y vivir bajo un techo, pero un plato de arróz no cuesta lo mismo que un bistec y un departamento de dos cuartos no cuesta lo mismo que una casa de siete, con vista al mar. Debemos proveer para nuestros deseos siempre y cuando tengamos el dinero suficiente en nuestro presupuesto para satisfacerlos.
Recordemos que el apóstol Pedro nos enseña que nuestro “atavío no sea externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 Pedro 3: 3 y 4).
Caprichos:
Finalmente, todo lo que no sea una necesidad básica o un deseo, es simplemente un “gusto” o un “capricho”. No está mal tenerlos. Todos nos damos un gusto de vez en cuando. Sin embargo no deberíamos satisfacer un capricho hasta que nuestras necesidades estén apropiadamente satisfechas y tengamos el presupuesto necesario como para hacerlo. El pueblo de Dios sería mucho más grande, si como administradores de Sus bienes, invirtiéramos menos en nuestros caprichos y más en las necesidades misioneras locales y foráneas.
El apóstol Juan nos advierte: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. […] Todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 3:3 y 4).
No sólo los adolescentes necesitan aprender estos principios. A veces creo que no nos vendría mal a varios de nosotros darles una miradita de vez en cuando.
📩 Contáctanos: [email protected]
🎓 Conoce nuestros programas: https://www.logos.university/
Pregunta por nuestro programa de Cultura financiera