¿Será la integridad una virtud adquirida con el tiempo o un mandato divino para vivir con rectitud? Al hablar de integridad, nos convertimos en los mejores jueces de nuestras acciones y sabemos cuán bien estamos actuando al respecto. La autoevaluación diaria puede ser crítica, pero sin buenos valores, no podemos discernir si estamos actuando mal o simplemente ignoramos nuestras fallas. La integridad está estrechamente vinculada a nuestros valores; cuanto más sólidos sean, más alta será la vara para ser hombres íntegros.

En la actualidad, se dice que muchos cristianos modernos son como “icebergs”. Personalmente, al afirmar “son”, no me siento completamente íntegro, debo confesarlo. Los icebergs flotan con solo el diez por ciento visible sobre el agua, mientras que el noventa por ciento restante permanece oculto bajo aguas turbias, oscuras y profundas.

Ese pequeño porcentaje es lo que permitimos que vean nuestros círculos sociales y eclesiásticos. Sin embargo, cuando ese porcentaje aumenta un poco, nos sentimos amenazados, incómodos y perdemos el control. ¿Es tan difícil ser íntegros? ¿Resulta complicado mantener el mismo comportamiento en el hogar y en la iglesia, o utilizar el mismo lenguaje en el trabajo?

La integridad nos insta a ser honestos, sinceros, a reconocer nuestros errores y permitir que nos vean tal como somos por dentro. ¿Logramos cumplir con eso? ¿Qué hacemos cuando nadie nos observa? ¿Qué pensamos y decimos cuando pensamos que nadie nos escucha? La parte sumergida del “iceberg” es la que debemos trabajar para ser honestos e íntegros. Para que, cuando las mareas bajan, lo que estaba oculto coincida con lo que afirmamos ser. ¡Qué penoso que aquellos a quienes amamos se lleven sorpresas!

Ser íntegro debe ser una decisión diaria, tomada cada mañana antes del primer sorbo de café. ¿Por qué no comprometernos a ser íntegros? Un compromiso de actuar de acuerdo con nuestras palabras, de ser testimonios vivos y cristalinos. ¿Por qué aquellos que nos rodean a menudo están más atentos a nuestros errores que a nuestras victorias? Pocos nos felicitarán por ser íntegros, pero ese reconocimiento no es terrenal; quizás nunca haya una ceremonia para celebrar nuestra integridad. Ese reconocimiento vendrá de nuestro Padre celestial.

Nuestro Padre, que es omnipresente y omnisciente, conoce en detalle lo más profundo de nuestros corazones. Nos conoció desde el vientre de nuestras madres, conoce nuestros pensamientos antes de la formación de las estrellas. Este Padre nos creó hermosos y perfectos, pero la mentira es una abominación para Él, como se menciona en Proverbios 12:22. Dejemos de engañarnos a nosotros mismos y actuemos como realmente somos, siendo transparentes, porque después de Dios, la primera persona a la que engañamos es a nosotros mismos.

Autor: Federico Oscar Velasco González ID: 270439

Estudiante: Programa Internacional Ejecutivo de Liderazgo

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