Yo creo firmemente que una de las principales razones por las que Dios nos permite disfrutar de la prosperidad es para poder compartirla.   Voy a tomar como ejemplo a la comunidad judía-cristiana que vivía en la ciudad de Corinto, Grecia, a principios del primer milenio porque creo que su situación económico-social dentro del Imperio Romano tiene mucho paralelismo con nuestra situación actual dentro del proceso de globalización que estamos viviendo. San Pablo, que estaba justamente en el proceso de levantar una ofrenda de amor para los pobres de Jerusalén, les enseña:

“Dios puede darles a ustedes con abundancia toda clase de bendiciones, para que tengan siempre todo lo necesario y además les sobre para ayudar en toda clase de buenas obras…  Dios, que da la semilla que se siembra y el alimento que se come, les dará a ustedes todo lo necesario para su siembra, y la hará crecer y hará que la generosidad de ustedes produzca una gran cosecha.  Así tendrán ustedes toda clase de riquezas y podrán dar generosamente.”

Dentro de la tradición judía, la cristiana y las otras principales religiones del mundo existe una fuerte enseñanza con respecto al compartir con aquellos que tienen necesidad.   Compartir con los demás es un Principio Universal -fundamental para desarrollar la actitud correcta frente a la vida.

San Pablo, en otra carta, le escribe a su discípulo Timoteo:

 “A los que tienen riquezas, mándales que no sean orgullosos ni pongan su esperanza en sus riquezas, porque las riquezas no son seguras.  Antes bien, que pongan su esperanza en Dios, el cual nos da todas las cosas con abundancia, y para nuestro provecho.  Mándales que hagan el bien, que se hagan ricos en buenas obras y que estén dispuestos a dar y compartir lo que tienen.”

Es por eso que la tradición cristiana de occidente ha generado una innumerable cantidad de organizaciones de beneficencia que nos han impactado socialmente a través de los siglos.  Podríamos mencionar, entre ellos, hospitales, escuelas, orfanatos, hogares de niños, leprosarios y universidades como las de Yale, Harvard, Loyola o Princeton.  

También podríamos mencionar organizaciones internacionales como la Cruz Roja, Cáritas, el Ejército de Salvación, Auxilio Mundial, Visión Mundial (World Vision) y Habitat for Humanity (la empresa constructora de casas más grande del mundo que provee vivienda digna a la gente de bajos recursos).  No seguiré mencionando nombres porque ¡me voy a meter en problemas!  (Hay tantas y tan buenas organizaciones que nacieron de nuestras raíces religiosas y cristianas…).

Cualquiera que sea tu posición denominacional, creo que es importantísimo que aprendamos a compartir nuestras bendiciones.   Si no lo hacemos, morimos un poco como personas.  Hemos sido diseñados para compartir lo poco o lo mucho que tengamos; las alegrías y las tristezas.  El egoísmo o la avaricia no nos caen muy bien al espíritu.

Esa es una de las razones, por ejemplo, por las que el mar Muerto (en Israel) está, literalmente, muerto.  El mar Muerto se encuentra a 398 metros debajo del nivel del mar y el río Jordán entrega a este mar más de 6 millones de metros cúbicos de agua por día.  Sin embargo, el mar Muerto tiene un problema:  sólamente recibe agua, nunca la da.  El agua, entonces, se estanca y, con la evaporación que produce el sol del desierto, la concentración de sal aumenta.

La concentración normal de sal en el océano es del 2 al 3%, mientras que la concentración de sal en el mar Muerto es del 24 al 26%, además del magnesio y el calcio.  No hay vida que aguante ese potaje químico.  

El mar Muerto, con sus 1.000 kilómetros cuadrados de superficie, es grande, rico en minerales, y es, probablemente, el mar más conocido del mundo.  Sin embargo, ha perdido la vida.  Está vacío en su interior.  La experiencia del mar Muerto nos enseña, entonces, que el dar, luego de recibir, es un proceso vital para permitir mantener la frescura de nuestro corazón.

 

Existen varios principios que creo importantes para tener en cuenta al momento de dar y me gustaría compartirlos contigo:

 

  1. El cristiano dá, primordialmente, para honrar a Dios.

La costumbre de dar a Dios y a Sus sacerdotes viene desde épocas antiquísimas.  En el caso del judaísmo y del cristianismo, por lo menos desde la época del famoso Abraham y Melquisedec (hace unos  4.000 años atrás).

Es interesante notar que el “diezmo” (dar la décima parte de algo) precede a la Ley Mosaica.  El diezmo, entonces, es adoptado por el cristianismo bajo la “época de la gracia” porque no se instauró con el fin de salvar al hombre, sino porque muestra, básicamente, una actitud del corazón.  

El famoso Rey Salomón dice en uno de sus proverbios “Honra al Señor con tus riquezas y con los primeros frutos de tus cosechas”.    Notemos que la primera palabra (un verbo imperativo, una órden), es la palabra “honra”. 

El motivo principal del cristiano para traer dinero a la iglesia, entonces, es una actitud interior: humillarse internamente (al reconocer que de Dios nos vienen todas las cosas),  y reconocerle a Él como el dueño de todas sus posesiones.

 

  1. El cristiano da sin esperar nada a cambio.

Está en el mismo espíritu del dar, el dar por amor, no por interés.   San Pablo explica esta actitud cuando les escribe a los romanos y a los corintios.  El cristiano dá a Dios como un hijo dá un regalo a su padre.  

Aquí va una interesante pregunta:  Como padres, cuando nuestro hijo o nuestra hija nos da un abrazo y un beso, ¿Cómo queremos que nos lo dé?… ¿Por amor, o porque quiere “sacarle algo al viejo”?  

Seguramente queremos que nos lo dé por amor.

La idea de un hijo o una hija que se acerca a su padre porque quiere sacarle algo no es muy positiva en Latinoamérica.  En realidad, el concepto del hijo que demuestra cariño a su padre porque tiene otros “intereses” en mente, es una idea un tanto repugnante para muchos de nosotros.

Lo que yo me pregunto es: ¿Por qué le estamos enseñando a hacer justamente eso a nuestra gente?  ¿Por qué escuchamos a tantos predicadores televisivos y radiales enseñarles a los cristianos a que le den su ofrenda a Dios para que Dios les dé a ellos 10 veces más?

En mi humilde opinión, nosotros deberíamos estar enseñando a nuestra gente a dar por amor, no por interés.  Cuando yo le enseño a alguien a dar por interés, recibo buenos resultados inmediatos.  La razón, es que comienzo a mover una parte oscura del espíritu humano:  la codicia.

El problema es que esa enseñanza se convierte en un boomerang: vuelve para golpearnos.  Cuando la gente que da 100 dólares no recibe 10 veces más en retorno, entonces comienzan a dudar.  A ello, los predicadores del materialismo religioso contestan que el problema es que el donante debe esperar un poco de tiempo más o que el donante no tiene suficiente fé o no ha dado lo suficiente.

Entonces, ¿Qué me está diciendo este tipo de enseñanza?  Me está diciendo que el problema no está en una enseñanza distorsionada y semi-herética.  ¡El problema está con el feligrés que ha dado hasta lo que no tenía!

Esto es lo que más me duele:  que generalmente la gente que cae en estas trampas religiosas son la gente que más quiere agradar a Dios.

Es cierto que la Biblia promete que Dios abrirá las ventanas de los cielos para bendecirnos cuando nosotros le honramos con los primeros frutos de nuestra labor.  Es una verdad eterna.

Pero volviendo al tema de nuestros hijos:  mis hijas no tienen idea de las bendiciones económicas que mi esposa y yo tenemos guardadas para ellas.  Nuestras niñas todavía son demasiado pequeñas para entender cosas como fondos mutuos, planes de retiro o fondos para la universidad.  Nosotros tenemos tesoros guardados para ellas que ellas ni se imaginan.

Sin embargo, cuando ellas me dan un beso y me dan un abrazo, yo todavía quiero que me lo den por amor.  No por el interés en los tesoros que les tenemos guardados para el futuro.

De la misma manera, tu y yo no tenemos idea de las bendiciones que Dios tiene guardadas para tí y para mí en el futuro (algunas materiales, algunas emocionales, algunas espirituales).  Sin embargo, cuando nosotros traemos nuestros diezmos y ofrendas delante de Él, Él quiere que se las traigamos, no por el interés en esas bendiciones, sino simplemente por amor.

Se le preguntó 

una vez al Rabino Meir: “Por qué las Escrituras nos dicen en algunos pasajes que nuestros sacrificios son agradables al Señor mientras que en otros dice que Dios no se agrada en nuestros sacrificios?”  El rabino contestó:  “Todo depende si al momento de presentar el hombre su sacrificio incluyó en ese sacrificio también su corazón.”


El cristiano da voluntariamente.
Si bien la costumbre en muchas religiones del mundo es la de especificar cuál es el tipo de ofrenda que se debe traer delante de Dios, no ocurre lo mismo con el cristianismo.  Por lo menos, no debería ocurrir lo mismo.
La enseñanza clave la ofrece nuevamente San Pablo cuando les dice a los corintios: “Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, y no de mala gana o a la fuerza porque Dios ama al que da con alegría”.
El cristiano toma el concepto del diezmo del judaísmo pero no lo ve como una regla, una ley o una meta que cumplir.  Lo vé como un comienzo, como un mínimo sobre el cual construir una vida de entrega a Dios y a los demás.
Es interesante que hasta en el libro apócrifo de Eclesiástico se dice “Da al Altísimo como Él te ha dado a tí, con generosidad, de acuerdo con tus capacidades”.

El cristiano dá generosa y sacrificialmente.
Cuando Jesús apuntó con el dedo a alguien para ponerle como ejemplo en el arte de dar, apuntó increíblemente, a una viuda que había colocado sólamente un par de centavos en el lugar de las ofrendas a la entrada del templo.  Hay una razón muy particular por la cual esta viuda fué señalada por el Maestro e incorporada eternamente en las páginas de las Escrituras:  ella dió todo lo que tenía.
La viuda en cuestión tenía todas las excusas del mundo para sentarse a la puerta del Templo, extender su mano y pedir.  Ella era una “madre sóla” (“single mom”, en inglés), era pobre, era un cero a la izquierda en la sociedad judaica (en cuanto a derechos y posición social, no era lo mismo ser un viudo, que ser una viuda en esas épocas), la Ley le permitía recibir ayuda por ser viuda y pobre…  Sin embargo, esta mujer, en vez de extender su mano para pedir, extendió su mano para dar.
Hay una razón muy poderosa por la que lo hizo.  Esta mujer tenía algo que a muchos de nosotros nos falta hoy en día:  carácter.
Dice un buen amigo mío que “el dar es el símbolo de la riqueza, mientras que el pedir es el símbolo de la pobreza” (y no estamos hablando de riqueza y pobreza material).  El que tiene un carácter maduro será también generoso.  Él tiene de dónde dar, dará aunque no tenga.

El cristiano da en secreto.
En el centro del Sermón de la Montaña, Jesús dice a sus discípulos:
“Por eso, cuando ayudes a los necesitados, no lo publiques a los cuatro vientos, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente hable bien de ellos.  Les aseguro que con eso ya tienen su premio.
Cuando tú ayudes a los necesitados no se lo cuentes ni siquiera a tu amigo más íntimo; hazlo en secreto.  Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio”.

La humildad es un elemento esencial al momento de dar a los demás.   Practiquémosla en medio de la sociedad electrónica y rimbombante que vivimos.

La cantidad, en realidad, no es importante.
Como dijéramos anteriormente, la cantidad o el porcentaje de dinero no es realmente importante al momento de dar.  Algunos pueden dar más, otros menos.  Lo que realmente importa es nuestro “ser” interior y no nuestro “hacer” exterior.
Muchas veces me he encontrado con gente que me pregunta si ellos deberían dar el diezmo (indicando el dar el 10% de sus entradas de dinero) a la iglesia.  Hay dos cosas que generalmente contesto.
Primero, digo “-Obedezca en ese tema a su pastor y sus diáconos.  Ellos son sus líderes espirituales y si usted está de acuerdo en formar parte de esa determinada comunidad de fé, debe seguir la guianza de sus líderes”.
Segundo, generalmente aclaro que, en la antigüedad, la gente del pueblo de Israel no daba el 10% de sus entradas anuales al templo. Daba más.  Esa actitud sólo demuestra lo poco que conocemos las Escrituras y el por qué hacemos lo que hacemos.
Lo voy a explicar:  los judíos de la antiguedad tenían una sóla cosecha anual, sin embargo daban tres diezmos:  dos anuales y un tercer diezmo cada tres años.  El primer diezmo era para ser almacenado en el templo; el segundo, para las viudas y huérfanos del pueblo hebreo; y el tercero (cada tres años) para las viudas y huérfanos extranjeros (gentiles) que vivían en Israel.  Entonces, los judíos de la antigüedad “diezmaban”, de promedio ¡el 23.33% anual!
Esto no lo digo para que algunos líderes religiosos empiecen a demandar el 23.33 por ciento de las entradas de sus feligreses.  Lo digo para demostrar que lo que nosotros consideramos “diezmo” después de Cristo, no tiene con el Antiguo Testamento un paralelismo literal, sino que tiene un paralelismo con sus principios:  el honrar a Dios como el verdadero dueño de todo lo que tenemos.

Dónde pones tu dinero sí es importante.
A pesar de que hemos estado hablando de diezmos y ofrendas primordialmente para la iglesia o parroquia, la realidad es que esa es sólo una pequeña parte de lo que deberíamos dar como personas.  También deberíamos aprender a dar al necesitado, dar a causas nobles, dar para demostrar amor a nuestros amigos y familiares y darnos a nosotros mismos con nuestros talentos y tiempo para la humanidad.
Tengo un buen amigo que vive en Puerto Rico.  Es médico.  Cada año organiza un equipo de médicos que viaja a diferentes lugares del Caribe donde hay pobreza y necesidad para tratar a la gente enferma.  El es un excelente cirujano y se especializa en reemplazos de caderas.  Para este tiempo ha hecho cientos de reemplazos de caderas, especialmente a jóvenes y niños de familias necesitadas.
El y sus amigos médicos entregan su tiempo y su dinero para hacer estos viajes.  Pero el aporte que más impacto hace en la vida de la sociedad es la entrega de sus conocimientos y experiencia con el fin de ofrecer algo que no tiene precio:  la salud.
Alberto vive en Chicago.  Es un excelente amigo personal y es la persona más capaz que conozco en el mundo cuando uno habla del tema de redes de computadoras.  El trabajó en montar las redes de computadoras de una de las compañías de hamburguesas más grandes del mundo.  Es un verdadero genio.
Alberto me confesó que tiene una meta en la vida: acumular suficiente capital como para retirarse temprano en la vida y de esta manera poder viajar ofreciendo gratuitamente sus servicios y experiencia a organizaciones de bien social alrededor del mundo.
En muchas ciudades de Estados Unidos es común encontrar asociaciones de hombres de negocios y profesionales que ya se han retirado ofreciendo su experiencia y sabiduría gratuitamente a aquellos profesionales y negociantes que recién están comenzando.
Sin embargo, quisiera colocar aquí una palabra de precaución con respecto a las personas y organizaciones a las que habremos de ayudar con nuestro tiempo, talento y tesoros.  Estas palabras de precaución valen tanto para las comunidades de fé como para las organizaciones.
Ya desde el primer siglo de nuestra era existía entre los líderes de la Iglesia cristiana la preocupación por la aparición de aquellos que presentándose a sí  mismos como “apóstoles”, “predicadores” o “profetas” estaban en búsqueda de ganancias materiales a través de la predicación del evangelio.  Podemos ver claramente esa preocupación en la Didaché o “La Doctrina de los Doce Apóstoles” –un documento de la iglesia primitiva que salió a la luz en 1875 en la ciudad de Estambul, Turquía.
La Didaché indica, por ejemplo, que cualquier apóstol o profeta que quisiese más que pan para el camino, pidiese dinero o demandase que se le alojara por más de dos días, debería considerarse falso.  En el siglo 21 podemos llegar a ser un poco más indulgentes… pero no mucho.  Aquí van algunas pautas a considerar antes de dar a cualquier organización o persona:

¿Cuántos años de existencia tiene ésta organización o iglesia?
¿Tienen metas concretas y claras o están tratando de ser todo para todos? (“El que mucho abarca, poco aprieta”, dice el refrán)
¿Hay gente que les conozca bien?  ¿Qué dicen?
¿Cuál es la reputación del líder?
¿Cómo se reflejan los principios y valores que hablamos al comienzo de éste libro en su vida?
¿Tiene la organización o iglesia informes financieros regulares?
¿Están esos informes disponibles a los donantes?
¿Tienen un auditor externo a la organización?
¿Tiene la organización una Junta Directiva o es una dictadura?
¿Son los miembros de la Junta Directiva miembros de la misma familia?  ¿Cuántos?
¿Cuáles son los resultados concretos del trabajo de esta organización?
¿Qué porcentaje de los donativos se usan para recaudar más donativos?
¿Cómo se establece el salario de los líderes de la organización/iglesia?
¿Cuántos salarios mínimos gana el líder máximo?

Debemos recordar que estas son solo pautas para ayudarte a pensar en la dirección correcta al momento de decidir a dónde vas a invertir el dinero que tienes para dar.  “Hay de todo y para todos en este mundo cruel”, dice un amigo mío ¡y tiene razón!   Una de las marcas de un buen administrador es, justamente, administrar correctamente hasta lo que habrá de dar a otros.
Recuerdo que me contaron en Miami la historia de la diaconisa de una iglesia que comenzó una “pirámide” económica “para el bien de todos”, según decía. Sin embargo, cuando el pozo llegó a los 5.000 dólares no dió más signos de vida y desapareció del mapa.
En otra historia de terror del sur de la Florida una familia, supuestamente en necesidad, colectó miles de dólares en efectivo de ayuda de las iglesias de la zona, compró otros miles de dólares en muebles y artículos del hogar a crédito, colocó todo en un contenedor y dejando deudas y benefactores se mudaron de vuelta a su país en Centroamérica.
Antes de ayudar a un individuo, uno se debería preguntar:
¿Por qué ha llegado a esta situación?
¿Hay algún Principio Eterno que se ha estado violando?
¿Qué valores tiene este individuo o familia?  ¿Qué me dice esta situación económica particular sobre sus valores personales? (Recordemos lo que dice Larry Burkett, fundador de Conceptos Financieros Cristianos:  “La forma en la que manejamos nuestro dinero es una expresión externa de una condición espiritual interna).
¿Está dispuesto a corregir errores o sólo quiere el dinero?
¿Está viviendo con un plan económico?  Si no lo está, ¿Estaría dispuesto a estableces y vivir dentro de un presupuesto?

En las contestaciones a esas preguntas se encuentra la base de nuestra decisión de ayudar a alguien.  Sea un desconocido, un amigo o familia.
La siguiente cosa que te recomendaría al momento de ayudar a otra persona (y esto lo hago por la cantidad de historias de terror que escucho sobre este asunto), es que nunca prestes ni ayudes a alguien con dinero a menos que se lo puedas regalar.  Esto no quiere decir que se lo tengas que regalar.  Simplemente quiere decir que si no se lo puedes regalar, no se lo deberías prestar.
Una universidad en un país de Sudamérica se encuentra hoy en día en un apreto económico justamente por esa razón.  Un líder comunitario quería organizar un evento musical hace algún tiempo atrás y fué a pedirle a la universidad que le prestara el dinero.  El presidente universitario, amigo del que vino a pedir prestado, se opuso al préstamo porque a pesar de tener una gran cantidad de dinero en el banco, ese dinero era dinero para pagar bonos a los trabajadores y profesores universitarios.
Sin embargo, el líder comunitario tenía suficientes amigos en la Junta Directiva de la universidad como para ir por encima de la decisión del presidente.  Para hacer la historia corta, diremos que los miles y miles de dólares le fueron prestados y que el evento musical que debía atraer a decenas de miles de personas sólo tuvo una concurrencia de unos pocos cientos.
Ahora, frente al fracaso total, este líder está enviando a algunos de sus amigos a hablar con el presidente de esta universidad para que le perdone la deuda contraída.  Entonces, es cuando éste hombre de honor me llama:  “Andrés”, me dice, “Si fuese el dinero de mis ahorros se lo regalo.  ¡Pero es el dinero de los trabajadores y profesores de la universidad!”
¡Cuántas historias de terror como esa escuchó a lo largo de nuestro continente!  El asunto funciona más o menos así:  a) el amigo o familiar de alguien le pide dinero prestado; b)  la víctima presta dinero que, en realidad, lo necesita para otra cosa.  c) Pero como se le promete que se le va a devolver para una determinada fecha, lo presta de todas maneras.  d) Eventualmente, el pago no llega y ahora la miseria tiene compañía…
Alguien una vez me dió este consejo que nos ha dado muy buen resultado:  cuando un amigo o familiar nos pide dinero prestado, mi esposa y yo (¡tiene que ser una decisión de los dos!), vemos qué pasaría si le tuvieramos que regalar ese dinero.  Si no nos afecta el presupuesto, ni los compromisos futuros, se lo prestamos.
Si nuestro amigo o familiar no nos puede pagar por alguna razón valedera, entonces mi esposa y yo le decimos “No te preocupes, tómalo como un regalo de nuestra familia para la tuya”.  Hemos perdido dinero, pero hemos salvado una amistad.

Dejo el tema de “Aprender a Dar” como un ingrediente para el éxito económico con una historia.  Se cuenta que una vez un mendigo estaba pidiendo dinero al costado del camino cuando pasó a su lado el famoso Alejandro el Grande.  Alejandro lo miró y, con un gesto bondadoso, le dió unas cuantas monedas de oro. 
Uno de los sirvientes del gran conquistador, sorprendido por la generosidad de Alejandro le dijo: “Mi señor, algunas monedas de cobre podrían haber satisfecho adecuadamente la necesidad de este mendigo.  ¿Por qué darle oro?”  El conquistador miró a su paje y le contestó con sabiduría: “Algunas monedas de cobre podrían haber satisfecho la necesidad del mendigo; pero las monedas de oro satisfacen la generosidad de Alejandro!”

Aprendamos a dar en un nivel económico que no sólamente satisfaga las necesidades físicas de los demás, sino que, por sobre todo, satisfaga la generosidad y la integridad de nuestro corazón.

 

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