Ser migrante no es sólo trasladarse de un país a otro; implica adaptarse a nuevas costumbres, enfrentar desafíos económicos y vivir la nostalgia por lo que se dejó atrás. La Navidad puede intensificar esta sensación de soledad, pues las reuniones familiares, los abrazos y las tradiciones que antes parecían cotidianas ahora se viven a distancia. La Biblia reconoce esta condición humana: “Y le dijo Dios: Yo he aquí que he puesto delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:15-16, RV1960). Elegir la vida también significa confiar en Dios y encontrar propósito incluso lejos de los seres queridos.
Para muchos migrantes, los recuerdos de las costumbres navideñas —la comida, las canciones, los abrazos y los regalos compartidos— generan una mezcla de nostalgia y tristeza. Incluso empresarios y líderes que migran por oportunidades profesionales experimentan este vacío: los logros no reemplazan la cercanía de la familia ni la calidez de los vínculos que dejaron atrás. Sin embargo, aunque la distancia física sea grande, Dios nunca abandona a quienes confían en Él: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20, RV1960).
Adaptarse sin perder la identidad
Vivir en un país extranjero exige adaptarse a nuevas normas y costumbres, pero no significa renunciar a lo que nos hace quienes somos. Los migrantes enfrentan la dualidad de integrarse y, al mismo tiempo, mantener sus raíces. Esta tensión puede generar estrés emocional y nostalgia, pero también ofrece oportunidades de crecimiento personal y espiritual. La Escritura nos recuerda: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10, RV1960).
Incluso en Navidad, cuando la soledad se siente más intensa, esta promesa divina asegura que no estamos realmente solos. La fe puede ser un ancla que sostiene en medio de la añoranza y permite experimentar alegría y gratitud aún lejos de casa. Para líderes y empresarios, esto significa que la fortaleza interior es tan importante como la planificación financiera y profesional, y que la resiliencia se cultiva también en el ámbito espiritual.
La importancia de la comunidad y el apoyo
La soledad se alivia cuando se cuenta con redes de apoyo. Amigos, colegas, comunidades religiosas y asociaciones culturales pueden brindar contención emocional y espiritual. La Biblia enfatiza la importancia de la solidaridad: “No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca” (Hebreos 10:25, RV1960). Para los migrantes, esto significa buscar espacios donde compartir experiencias, mantener tradiciones y recibir afecto genuino.
Incluso en el ámbito profesional, estas redes son vitales. La colaboración con otros, la participación en actividades culturales y el apoyo mutuo fortalecen la resiliencia y permiten desarrollar liderazgo y responsabilidad en entornos distintos al propio país de origen.
Estrategias para sobrellevar la Navidad lejos de casa
Aunque la distancia de los seres queridos puede ser dolorosa, hay formas de sobrellevarla con sabiduría y esperanza:
- Mantener contacto regular con familiares y amigos a través de llamadas o videollamadas.
- Crear nuevas tradiciones que combinen la cultura local con las propias costumbres.
- Participar en comunidades religiosas o culturales para sentir cercanía y apoyo.
- Recordar que la verdadera Navidad no depende de un lugar, sino del corazón abierto a Dios y a los demás.
Como recuerda la Escritura: “Amarás al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto” (Deuteronomio 10:19, RV1960). Esta enseñanza nos invita a vivir la compasión y la empatía, reconociendo que todos somos, de cierto modo, peregrinos y extranjeros en esta vida.
Conclusión
La Navidad puede ser especialmente difícil para quienes viven lejos de sus seres queridos, enfrentando la nostalgia y la soledad. Sin embargo, la fe ofrece consuelo y la certeza de que Dios acompaña en cada paso. Ser migrante significa aprender a equilibrar la añoranza con la adaptación, el éxito profesional con la fortaleza emocional y la integración cultural con la preservación de la identidad.
Al final, la migración no sólo pone a prueba la capacidad financiera o laboral, sino también la resiliencia del corazón y la fe. Dios no abandona, incluso cuando nos sentimos lejos de casa; su presencia permite transformar la distancia en crecimiento, la nostalgia en gratitud y la soledad en oportunidad de conexión y aprendizaje. Reconocer que todos somos, en cierto sentido, peregrinos y extranjeros nos ayuda a vivir con esperanza y a valorar la compañía de Dios y de quienes nos rodean, haciendo de cada Navidad un tiempo de propósito, fe y renovación espiritual.
Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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