Explorando el concepto bíblico del contentamiento

De todos los principios financieros bíblicos que me toca enseñar a nuestro pueblo cristiano latinoamericano el principio que más confusión trae es el principio del contentamiento.  Raramente pasa un seminario de Conceptos Financieros Cristianos sin que alguien se ponga en pié para tratar de aclarar algún aspecto de este principio.

La confusión surge como consecuencia de dos tendencias filosóficas extremas y opuestas.  Por un lado están los que yo llamo “Los Franciscanos” (o seguidores de la filosofía financiera que quiere imitar la imagen mental que tenemos de San Francisco de Asís), y en el otro rincón del cuadrilátero están los que yo titulo “Los Rockefellers” (los que tratan de imitar el estilo de vida del famoso millonario).

Tengo dos amigos, uno Rockefeller y otro Franciscano.  Ambos están en el ministerio.

Mi amigo Franciscano cree que Dios nos ha llamado a una vida de privaciones y pobreza.  Cree que el dinero es la raíz de todos los males y que cuanto más pobre es uno, más espiritual es.  Tiene en su mente a alguien como Jorge Muller o la Madre Teresa de Calcuta y se opone acérrimamente a todo símbolo de materialismo en su vida familiar.  

Mi amigo Rockefeller, por su lado, se aferra a la idea de que somos “hijos del Rey” y que debemos vivir como tales.  Toma versículos bíblicos que hablan sobre la prosperidad y está entregado a la tarea de arrebatar las riquezas de las manos de los no-creyentes para traerlas dentro del Reino (mejor, si las trae dentro de su propia cuenta bancaria personal).  Demuestra cómo Dios lo ha bendecido mostrándome sus joyas, su auto (que vale más que una casa), la escuela privada de sus hijos y la piscina que acaba de construir.

Ambos tienen razón y ambos no la tienen.

El problema de los Franciscanos

Si bien es cierto que Dios se opone a una vida entregada al materialismo, no es correcto asumir que Dios llama a todos los creyentes a una vida de pobreza.  Dios llamó a Jeremías a vivir y morir por El en la más absoluta miseria.  Pero Dios llamó a Ester a ser una princesa en el palacio real.  Jesucristo llamó al jóven rico a vender todo lo que tenía y a entregárselo a los pobres, pero no parece haber hecho las mismas demandas de Nicodemo.  Pedro, Pablo y los apóstoles fueron llamados a vivir y morir en persecución y pobreza, pero Teófilo y Filemón eran cristianos con poder y dinero en el Imperio Romano.

No existe ningún lugar en la Biblia donde se enseñe que el dinero es la raíz de todos los males.  El apóstol Pablo, sin embargo,  en I Timoteo 6:10 enseña que el amor al dinero es la raíz de todos los males.  Los bienes materiales son una herramienta que Dios pone en nuestras manos para cumplir Sus propósitos.  Es la actitud que nosotros tenemos con respecto a esos bienes lo que hace la diferencia entre una vida que glorifica a Dios y una que no.

Si la pobreza sería un símbolo de espiritualidad, ¡el 80% del mundo sería espiritual!  En el libro de Proverbios Dios nos recuerda una triste realidad de la pobreza cuando en el capítulo 30, versos 8 y 9 dice “No me des pobreza…  que siendo pobre hurte y blasfeme el nombre de mi Dios”.   La pobreza también tiene su lado amargo y peligroso.  ¿Cuántas veces hurtamos, mentimos o hacemos cosas deshonestas bajo la excusa de que somos pobres o estamos bajo una fuerte presión económica?  

En realidad, la pobreza no tiene nada de “santa” y tiene tantas tentaciones, frustraciones y violencia como la riqueza. El problema no está en la cantidad de dinero que manejamos, la clave está en la actitud de nuestro corazón.

El problema de los Rockefellers

Me cae bien mi amigo “Rockefeller”.  Especialmente por su visión positiva de la vida.  Sin embargo, de los dos grupos, quizás él es el que está en mayor peligro.

Esta “teología del egoísmo” en la que cree mi amigo es un mal que se está esparciendo como pólvora por latinoamérica.  La razón es que apela a nuestro más profundo entendimiento de nuestra relación con Dios: los latinos, por naturaleza,  nos relacionamos con Dios de una forma materialista y egocéntrica.  Desde pequeños hemos aprendido a acercarnos a Dios primordialmente para pedir.  

Por su parte, la “teología del egoísmo”, nacida en el corazón de una sociedad de consumo, “consume a Dios”.  Entiende a Dios como un “proveedor de servicios”:

El centro de mi relación entre Dios y yo, soy ¡yo!

Entonces, creemos que…

“Dios existe para servirme a mí,”

“Dios existe para salvarme a mí”, 

“Dios existe para amarme a mí”,

“Dios existe para perdonarme a mí”,

“Dios existe para sanarme a mí”,

“Dios existe para darme a mí lo que yo le pida”.

¡Es por eso que nos enojamos tanto cuando Dios no se porta como se supone que se tiene que portar, cuando Dios no sana a quien se supone tiene que sanar o no nos dá lo que se supone nos tiene que dar!

Tratamos a Dios como el “mago de la lámpara de Aladino” y contamos nuestras bendiciones en términos materiales y positivos.  Creemos que la bendición de Dios se debe manifestar en “cosas” y en “situaciones buenas y agradables”.

Sin embargo, en Isaías 43:7 Dios dice claramente “…todos los llamados de mi nombre, para gloria mía los he creado…”  Nosotros existimos para servirle a El, para amarle a El y para darle a El ¡todo lo que El nos pida!

“En ninguna parte se nos dice que para servirle a Dios tenemos que vivir como reyes”, dice Larry Burkett, presidente y fundador de Conceptos Financieros Cristianos.  “Al contrario.  La Palabra nos advierte de que la preocupación y el amor por los bienes de este mundo pueden llegar a ser una de las amenazas más importantes para nuestra vida espiritual”.

En 1 Juan 2: 15  la Biblia nos amonesta: “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo.  Si alguno ama al mundo el amor del Padre no estáen él”.  Jesucristo nos dice en Lucas 12:33 y 34: “Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde el ladrón no llega y polilla destruye.  Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón”.

La “teología del materialismo” es un resultado del sincretismo entre el capitalismo y el cristianismo…  ¡y nosotros nos la tomamos como jugo de frutas!

Yo me pregunto si los cristianos norteamericanos o europeos estarían tan dispuestos a adoptar el culto cristiano/indígena a la “pacha-mama” ¡como nosotros estamos ávidos de aceptar el culto a la “mama-money”!

Es importante discernir la diferencia entre el amor a las riquezas (o el orgullo de las riquezas) y la riqueza misma.  Dios nunca condena la riqueza (a El le pertencen todos los bienes del mundo).  Dios condena el amor a las posesiones materiales y no necesariamente coloca a los bienes materiales como una demostración de la bendición de Dios sobre nuestras vidas (1 Corintios 4:9-14)

El principio bíblico del contentamiento

Volviendo al tema del contentamiento, entonces, es importante, en primer lugar,  definir el término.  “Contentamiento” no significa resignarse a quedarse donde uno está ubicado economicamente.  No debemos malinterpretar I Timoteo 6:8 o nos puede llevar a la vagancia y la holgazanería (¡que también son pecados!).

El contentamiento es una actitud hacia la vida.  Es el saber cuál es el plan de Dios para mi y dónde estoy ubicado con respecto a ese plan.  Debemos responder a la pregunta: ¿dónde quiere Dios que yo esté (por ejemplo, económicamente), en este momento?

Si tu sabes que Dios quiere que tu estés, como lo estuvieron mis suegros, 20 años en una choza con techo de paja en el sur de Africa, entonces puedes encontrar paz y satisfacción en medio de esa situación.  Si tu sabes que el propósito de Dios es que tu hagas dinero y lo estás cumpliendo, puedes encontrar alegría y tranquilidad en tu trabajo.

Pero si tu cristianismo es, nomás, una pintada sobre tu materialismo, entonces uno de los primeros síntomas es la ansiedad.  Sientes ansiedad porque quieres estar en un nivel social más alto al que Dios te ha puesto.  Te rebelas contra Su voluntad.  Tengas poco o mucho, siempre querrás más.   En el Africa, el hombre de la tribu que tenía casa de lodo, la quería de ladrillo y el que tenía techo de paja, ¡lo quería de chapas de zinc!

El Señor, en Su soberanía, llama a algunos a vivir vidas economicamente restringidas y a otros a hacer grandes cantidades de dinero, todos con un propósito (2 Corintios 8:13-15).

El secreto del contentamiento en la vida del cristiano, entonces, no está en decidir hacerse un vago o tratar de disfrutar la vida viviendo vidas de reyes.  El secreto del contentamiento está en entender, aceptar y obedecer la voluntad económica de Dios para mi vida a corto y largo plazo.  

Es deshacerme de lo “mío” y entender que todo es Suyo.

 “Sean todas vuestras costumbres sin avaricia, contentos 

con lo que tenéis ahora, porque el dijo: No te desampararé ni te dejaré”.

Hebreos 13:5:

 

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