Progreso y riqueza ante la pobreza

(segunda entrega)

Se observaran en esta entrega ideas centrales para el progreso del cristiano, así como la consideración  bíblica sobre las riquezas y la necesidad de previsión y administración financiera.

Progreso, no ambición

Es legítimo que los creyentes aspiremos a progresar económicamente, sin embargo, no debemos abrigar codiciosas ambiciones. La ambición es desear algo por el simple apetito, por el simple deseo de atesorar.

La voluntad de Dios para nuestra vida es que tengamos bienestar económico y no calamidad (Jer. 29,11). Y Dios mismo nos provee (Sal. 37,25), así como espera el esfuerzo y trabajo disciplinado de cada uno.

Una adecuada, correcta y bíblica perspectiva sobre la riqueza es necesaria para salvar nuestra responsabilidad en asuntos económicos.

En el Antiguo Testamento la prosperidad material era considerada como una señal de bendición. En el Nuevo Testamento, se amplía la noción de prosperidad, siendo la prosperidad espiritual la que define la material y no lo contrario (Mt. 6,33).

La Biblia no condena las riquezas, pero advierte sobre los peligros del  los que nos expone la ambición y la codicia, y el amor al dinero (1 Timoteo 6, 9-10). La ambición y la codicia, nos pueden llevar a la deshonestidad y la indisciplina por el afán de ganancias rápidas y sin esfuerzo.

 

Jesús enseña sobre la riqueza

Se pueden encontrar unos principios de la enseñanza de Jesucristo sobre la riqueza observemos:

Primero, no enseñó que tener posesiones fuera necesaria o intrínsecamente malo. Su círculo de amistades incluyó gente acomodada. No les condena por tener posesiones, les exhortó a usar sus riquezas en forma adecuada y a reconocer la necesidad de un salvador.

Segundo, el Señor sí enseñó que las riquezas hacen que sea más difícil que uno entre en el reino de los cielos (Mateo 19,24). Sin embargo, Jesucristo no dijo que un rico no puede ser salvo, sino que le va a costar más trabajo puesto que pocas veces se da cuenta de su necesidad personal tan rápidamente como lo hace el pobre.

Tercero, el Señor advirtió que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee (Lucas 12,15); la abundancia puede usarse para ayudar a otros o para alimentar la avaricia propia.

Cuarto, en la parábola del mayordomo injusto, el Señor dio instrucciones a sus seguidores en relación con usar el dinero para servir a otros (Lucas 16, 1-13). Jesús no recomendó seguir el ejemplo de la deshonestidad.

 

Previsión y administración

La planeación. Planear para el futuro es prudente, y el Nuevo Testamento detalla tres casos en que debemos hacerlo, en primer lugar, hablando de los padres o abuelos viudos (1 Timoteo 5: 3-16), los creyentes son los primeros responsables del cuidado de los ancianos de su familia.

La palabra proveer en el versículo 8 significa “pensar anticipadamente” y “prepararse” para suplir las necesidades que vendrán. Si no hay miembros de la familia que cumplan este deber, entonces la iglesia lo asume.

Cuando esto sucede, existen dos principios más que entran en vigor: a las viudas más jóvenes, se les debe dar socorro temporal y a las viudas más maduras, siempre y cuando aparezcan en la lista oficial, se les debe prometer un sostén más permanente.

En segundo lugar, está la provisión que deben hacer los padres para los hijos (2 Cor. 12,14) El principio es claro: los progenitores han de ahorrar para sus vástagos. La pregunta difícil es, ¿Cuánto es necesario y prudente guardar para obedecer este principio? La respuesta puede ser diferente para cada familia, pero siempre requiere planeación.

En tercer lugar, tenemos lo relacionado al cuidado de los huérfanos (Santiago 1,27), pero no se detalla en el texto cómo hacerlo. Si los hogares actúan de tutores para un huérfano, se requiere algo de planeación.

La planeación prudente tal vez incluya algo sobre las inversiones. El cristiano que invierte su dinero para hacer evaluaciones periódicas. También ha de saber cuándo debe parar y no permitir que su capital quede inactivo, porque eso no es una buena mayordomía.

Al irle prosperando Dios, el administrador decidirá cuándo ha alcanzado lo suficiente para cubrir nuestras necesidades. Al ir creciendo la prosperidad, también lo hace el nivel de vida. El creyente debe definir ese punto individualmente delante de su Creador. Lo que es correcto para uno, puede ser incorrecto para otro.

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