La realidad de la escasez

Hay etapas en la vida en las que la billetera parece vaciarse más rápido de lo que se llena, y en las que la moneda más pequeña adquiere un valor inmenso. En esos momentos no se trata de lujos, sino de cubrir lo esencial: un techo, un plato de comida, el transporte diario o los útiles de los hijos. Quien ha vivido la escasez sabe que no es un asunto romántico ni fácil de espiritualizar; duele no tener lo necesario y puede resultar frustrante sentir que se falla en responsabilidades básicas.

El sabio lo expresó con claridad en la oración de Proverbios: “Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; no me des pobreza ni riquezas; manténme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? o que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios” (Proverbios 30:8-9, RV1960).

Cuando los amigos se apartan

La escasez, además de dolorosa, suele ser vergonzante. En sociedades donde la prosperidad se mide en posesiones, no tener puede convertirse en un estigma. Es común que los amigos se alejen, que las invitaciones disminuyan y que se escuchen frases de juicio como: “Si tuvieras más fe, Dios te bendeciría” o “La verdadera prosperidad siempre se refleja en lo material”.

Sin embargo, la Biblia no asocia de manera automática prosperidad material con bienestar espiritual. José en Egipto es un ejemplo claro: fue vendido como esclavo, injustamente encarcelado, y en ambas etapas parecía que todo estaba en su contra. No obstante, “Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio” (Génesis 39:2, RV1960). La prosperidad bíblica no depende de cuentas bancarias, sino de la presencia de Dios que abre puertas incluso en la adversidad.

La gratitud en medio del dolor

Agradecer cuando sobran los recursos es sencillo; lo desafiante es agradecer cuando lo que hay apenas alcanza para el día. Sin embargo, la gratitud en la escasez abre el corazón a una dimensión más profunda de confianza en Dios. El apóstol Pablo, escribiendo desde prisión, afirmó: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:11-13, RV1960).

Estas palabras no niegan la dureza del sufrimiento, pero revelan que la fortaleza del creyente no proviene de la cantidad de monedas en el bolsillo, sino de la certeza de que Cristo sostiene en todo momento.

El valor de las pequeñas monedas

Jesús mismo dignificó las ofrendas pequeñas cuando destacó la actitud de la viuda pobre que depositó dos blancas en el templo: “De cierto os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía” (Lucas 21:3-4, RV1960).

En tiempos de contar moneditas, cada aporte, cada acto de generosidad y cada decisión de administrar con fidelidad se convierte en un testimonio de fe. Allí donde otros ven escasez, Dios ve corazón y entrega total.

Rompiendo con el mito de la vergüenza

La escasez no debe ser vista como señal de pecado ni como ausencia de la bendición divina. A veces es parte del proceso formativo, como lo fue para Israel en el desierto: “Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos” (Deuteronomio 8:2, RV1960).

Lo vergonzante no es tener poco, sino perder la fe en medio de la necesidad. Allí donde las monedas parecen insuficientes, se abre la oportunidad de confiar en un Dios que multiplica recursos, toca corazones y enseña a depender de Él de manera integral.

Más allá de tu bolsillo: ser respuesta para otros

Tal vez hoy no estés contando moneditas. Quizás tus recursos alcanzan y no vives la angustia de la escasez. Sin embargo, alrededor tuyo puede haber alguien que sí lo está haciendo en silencio, sin atreverse a confesarlo por temor o vergüenza. Allí es donde el Espíritu Santo nos llama a ser sensibles y atentos. Una visita inesperada, un pan compartido, una bolsa de mercado, un sobre con una ofrenda de amor pueden marcar la diferencia en la vida de un hermano necesitado.

Jesús mismo nos enseñó: “Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40, RV1960).

Cuando extendemos la mano al que sufre necesidad, no solo aliviamos una carga material, sino que nos convertimos en instrumentos de Dios para recordar que Él no abandona a los suyos. Cada gesto, por pequeño que parezca, tiene un valor eterno.

Conclusión

Contar moneditas puede ser doloroso, frustrante y en ocasiones humillante. Pero en esas etapas se revela con más fuerza que la prosperidad bíblica no es una cuenta bancaria, sino la presencia de Dios acompañando cada paso. Aprendemos que aun con lo más pequeño podemos agradecer, y que la fe no se mide por lo que tenemos, sino por a quién tenemos.

Y si en este momento no estás contando moneditas, quizá seas tú la respuesta que alguien más necesita. Permite que el Espíritu Santo te guíe y sorprenda a otro con un gesto de amor. Recordemos que “Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Salmos 23:1, RV1960), y muchas veces Él cumple esta promesa a través de las manos generosas de sus hijos.

 

Por María del Pilar Salazar

Decana Académica 

Univ. Logos

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