Herencias que traen alegría… y conflictos
Hablar de herencias siempre despierta emociones encontradas. Para algunos, recibir una herencia es motivo de gratitud, pues significa que hay un legado tangible que les permitirá avanzar en la vida. Para otros, sin embargo, la herencia se convierte en una fuente de pleitos, divisiones familiares y hasta enemistades irreconciliables. Jesús mismo tuvo que enfrentar esta realidad cuando alguien le pidió: “Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia” (Lucas 12:13, RV1960). La respuesta del Señor fue clara: “Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?” (Lucas 12:14, RV1960).
En estas palabras hay una advertencia profunda. Jesús no se dejó atrapar por la expectativa de arbitrar los bienes terrenales, sino que puso el énfasis en una herencia más importante: la que no perece ni se corrompe.
El espejismo de lo terrenal
Quienes han vivido procesos de sucesión saben que las herencias terrenales pueden convertirse en un arma de doble filo. En lugar de unir a las familias, con frecuencia las dividen. En muchos hogares, los bienes materiales revelan el verdadero corazón de los hombres: la avaricia, el orgullo, la envidia.
“Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:10, RV1960).
La Escritura no condena la riqueza ni la herencia en sí misma, sino el apego desordenado que convierte al hombre en esclavo de lo que posee. El Eclesiastés recuerda: “¿Y quién sabe si será sabio o necio el que se enseñoreará de todo el trabajo en que yo me afané, y en que ocupé debajo del sol mi sabiduría?” (Eclesiastés 2:19, RV1960). Esa incertidumbre muestra la fragilidad de todo legado material.
La herencia celestial: incorruptible y eterna
Frente a esta realidad, la Biblia ofrece una visión superior: la herencia espiritual que Dios tiene preparada para sus hijos. El apóstol Pedro la describe con palabras de esperanza: “para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 Pedro 1:4, RV1960).
A diferencia de las herencias terrenales, esta no puede ser robada ni deteriorada. No está sujeta a la inflación, a disputas legales ni a testamentos que se interpretan de manera distinta. Es una herencia segura, porque proviene del Padre celestial. Jesús mismo aseguró: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan” (Mateo 6:19-20, RV1960).
Esta promesa nos invita a replantear nuestras prioridades. No significa despreciar el trabajo, la administración ni el ahorro; significa recordar que, aun si logramos acumular bienes terrenales, estos jamás se compararán con lo eterno.
La responsabilidad de cada creyente
No solo los empresarios o líderes cristianos deben pensar en la herencia que dejan. Todo creyente está llamado a vivir con responsabilidad frente a lo que posee y a considerar qué legado entrega a los suyos. Proverbios enseña: “El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos; pero la riqueza del pecador está guardada para el justo” (Proverbios 13:22, RV1960).
Este versículo revela que planificar, ahorrar y proveer es un acto de bondad, pero también recuerda que la herencia sin justicia y sin temor de Dios se desvanece. Lo que Dios espera no es solo que preparemos bienes, sino que formemos corazones.
El mayor legado de un padre, madre, hermano o amigo no son las propiedades ni las cuentas bancarias, sino la fe y el ejemplo de una vida entregada a Cristo. “Si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17, RV1960). Esta es la herencia que marca la diferencia eterna.
Reflexión final: legado que trasciende
Las herencias terrenales seguirán existiendo con sus bendiciones y problemas. Pero la gran pregunta es: ¿qué herencia estamos preparando? ¿Un cúmulo de bienes que puede dividir a nuestra familia o una fe firme que puede sostenerlos en la adversidad? Pablo exhorta: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Timoteo 6:17, RV1960).
Tal vez hoy cuentas con recursos y planificas cómo repartirlos, o quizás apenas logras sostener lo necesario. Sea cual sea tu situación, hay una verdad inmutable: en Cristo tenemos una herencia celestial que nadie puede quitarnos. Y mientras llega el día de disfrutarla plenamente, tenemos la oportunidad de dejar un legado de fe, amor y esperanza.
La memoria de tu vida puede convertirse en una herencia espiritual que inspire a quienes vienen detrás de ti. Los bienes se terminan, pero el legado de un corazón que caminó con Dios permanece para siempre.
Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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