Un fenómeno global

Las marchas se han convertido en un fenómeno mundial. En casi todos los continentes, personas se congregan para protestar por diferentes causas: derechos sociales, demandas laborales, justicia climática, cambios políticos o incluso por razones impulsadas y financiadas por grupos de poder. En algunos casos, los manifestantes actúan desde un anhelo legítimo de transformación, pero en otros, la movilización responde a intereses ocultos que manipulan las emociones colectivas.

Las multitudes levantan pancartas, bloquean carreteras y llenan plazas exigiendo un cambio. Sin embargo, pocas veces esas manifestaciones generan una transformación real y duradera. Se logra visibilidad, se presiona a los gobiernos y se abren espacios de diálogo, pero la pregunta permanece: ¿es esta la revolución que la humanidad necesita?

La sed de justicia

El clamor en las calles refleja algo más profundo: una sed de justicia que está en el corazón humano. Los profetas denunciaron con firmeza las injusticias de su tiempo. Amós declaró: “Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo” (Amós 5:24, RV1960). La protesta humana, en su mejor expresión, es un eco de ese deseo divino de equidad y rectitud.

No obstante, la justicia no siempre llega por la presión social o por el cambio de leyes. Aunque estos elementos tienen su lugar, la raíz del problema sigue siendo el mismo corazón humano, inclinado al egoísmo y a la corrupción. 

Jesús mismo enseñó: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:19, RV1960). Ninguna marcha puede transformar el corazón de piedra en un corazón sensible a la verdad y al amor de Dios.

 

Revoluciones que fracasan

La historia está llena de revoluciones que prometieron libertad, igualdad y prosperidad. Sin embargo, al cabo de los años, muchas de esas naciones terminaron repitiendo los mismos abusos que antes criticaban. Cambiaron los nombres de los líderes, pero la opresión permaneció. Esto confirma la advertencia de Jeremías: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9, RV1960).

El cambio genuino no puede limitarse a las estructuras políticas o económicas. Si no hay transformación del corazón, las marchas y revoluciones solo reemplazan unos poderes por otros. La verdadera revolución no empieza en la calle, sino en el interior del ser humano.

La revolución del Reino de Dios

Frente a los clamores de este mundo, la Biblia presenta otra revolución: la del Reino de Dios. Jesús inició un movimiento que no dependía de ejércitos ni de manifestaciones masivas, sino del poder del Espíritu Santo transformando vidas. Él proclamó: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18, RV1960).

Este anuncio sí es revolucionario, porque apunta a lo más profundo de la necesidad humana: la esclavitud del pecado. Ninguna ley, protesta o decreto puede liberar al hombre de esa prisión, solo Cristo lo hace. El verdadero cambio comienza cuando un corazón endurecido se rinde al Señor y recibe la nueva vida en Él.

Liderazgo frente al clamor social

Los empresarios y líderes cristianos también son llamados a discernir este fenómeno. No se trata de rechazar toda marcha como ilegítima, ni de aceptarlas todas como justas. La sabiduría consiste en ver más allá del ruido de la multitud y reconocer qué hay en el fondo: un clamor genuino por justicia o una manipulación disfrazada.

El líder cristiano debe ser agente de paz, promotor de la verdad y ejemplo de integridad. Pablo exhortó: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18, RV1960). Esto significa que, en medio de un mundo convulsionado, los creyentes tienen la oportunidad de mostrar que la verdadera revolución se libra desde la vida transformada por Cristo.

Conclusión: la revolución que perdura

Las marchas pueden visibilizar problemas, presionar cambios y abrir debates necesarios. Sin embargo, la revolución más profunda no ocurre en la calle, sino en el alma. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17, RV1960).

Esa es la verdadera revolución: la del Reino de Dios en el corazón humano, que produce frutos de justicia, paz y amor duraderos. Mientras muchos siguen marchando en busca de cambios externos, el cristiano está llamado a vivir y proclamar el único cambio que transforma todo: el Señorío de Cristo sobre cada vida.

 

Por María del Pilar Salazar

Decana Académica 

Univ. Logos

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