Vivimos en una era en la que la paz se ha convertido en un producto escaso. Las promesas de estabilidad abundan: discursos políticos, estrategias empresariales y campañas sociales prometen armonía, seguridad y bienestar. Sin embargo, la realidad demuestra que esas promesas humanas suelen ser pasajeras. El corazón humano anhela descanso, pero el mundo ofrece apenas treguas temporales.

La paz que el hombre construye depende de condiciones externas: del mercado, del entorno social, de la salud o del éxito. Pero esa paz se desmorona ante la primera crisis. Jesús, en cambio, ofreció una paz diferente, una que no se basa en circunstancias, sino en su propia presencia. Él declaró: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27, RV1960).

Esa es la promesa del Príncipe de Paz (Isaías 9:6), una promesa que no cambia con las estaciones ni con los tiempos. Mientras las promesas humanas fluctúan, la paz de Cristo permanece porque emana de Su carácter inmutable.

La fragilidad de las promesas humanas

A lo largo de la historia, los hombres han hecho pactos, tratados y declaraciones en nombre de la paz. Sin embargo, la naturaleza humana —marcada por el egoísmo, la ambición y la desconfianza— hace que esas promesas se quiebren una y otra vez. Las guerras, los conflictos familiares, las divisiones laborales o ministeriales son reflejos de una paz que se apoya en acuerdos superficiales.

En el ámbito del liderazgo y los negocios cristianos, también se ve esta tensión. A veces se promete paz laboral o institucional, pero sin una base espiritual sólida. Se busca calmar tensiones, pero no transformar corazones. Sin Cristo en el centro, toda paz es aparente.

Santiago escribió: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (Santiago 4:1, RV1960). Este versículo revela que el origen de los conflictos no está fuera, sino dentro del ser humano. Por eso, ninguna estrategia humana puede ofrecer paz duradera sin una renovación interior.

El Príncipe de Paz y su promesa eterna

Jesús no vino a ofrecer una paz cómoda, sino una paz que reconcilia. Su obra en la cruz restauró la relación entre Dios y el hombre. Pablo lo explica con claridad: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7, RV1960).

La paz de Cristo no elimina las dificultades, pero las resignifica. Cuando gobierna el corazón, el miedo no domina. La mente puede descansar incluso en medio de la incertidumbre, porque sabe que Dios sigue al control.

Esta paz no se conquista ni se negocia: se recibe. Fluye de una relación viva con Jesús, de una fe que se alimenta en la oración, la lectura de la Palabra y la comunión con otros creyentes. Por eso, cuando el creyente mantiene su vida devocional activa, se convierte en un canal de paz para su entorno.

Líderes que siembran paz verdadera

El mundo necesita líderes que no solo hablen de paz, sino que la vivan desde dentro. En contextos empresariales, ministeriales o familiares, quienes se rigen por la paz de Cristo actúan con serenidad en medio de la presión y toman decisiones guiadas por el Espíritu, no por el miedo.

Un líder que confía en el Príncipe de Paz no busca imponer su autoridad, sino servir con humildad. Sabe que la verdadera influencia nace de un corazón pacificado. Esa paz interior es contagiosa: disuelve tensiones, inspira confianza y crea ambientes donde florecen la justicia y la reconciliación.

Para mantenerla viva, conviene recordar algunos principios sencillos:

  • Renovar la mente cada día con la Palabra de Dios.

  • Orar antes de actuar, para que la paz de Cristo guíe las decisiones.

  • Cuidar la comunión con los hermanos, porque el aislamiento debilita el alma.

  • Confiar en la soberanía divina, aun cuando los planes cambian.

La paz que se fortalece en la Palabra

Las promesas humanas pueden fallar, pero las de Cristo nunca lo hacen. Él no promete ausencia de conflictos, sino presencia constante. No garantiza caminos sin tormentas, sino corazones firmes en medio de ellas. Por eso, aun cuando todo se mueve, su paz permanece estable como roca eterna.

Esa paz también crece al conocer y apropiarse de la Palabra de Dios. Meditar en ella fortalece la fe, aclara la mente y enseña a descansar en las promesas divinas. “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo” (Salmo 119:165, RV1960).

Por eso, les animamos a formarse integralmente y profundizar en su conocimiento bíblico y ministerial junto a la Universidad Cristiana Logos, un espacio donde la fe se une al pensamiento, y donde cada creyente puede renovar su mente, fortalecer su llamado y avanzar hacia una vida de paz, propósito y servicio fiel. 

Conozcan nuestros programas académicos aquí: 

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Por María del Pilar Salazar

Decana Académica 

Univ. Logos

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